Norrland está formada por nueve provincias: Gästrikland, Hälsingland, Medelpad, Ångermanland, Härjedalen, Jämtland, Västerbotten, Norrbotten y Lappland. Es una tierra de escala descomunal, definida por interminables bosques de coníferas, por la cadena montañosa que discurre a lo largo de la frontera con Noruega y por anchos ríos que bajan de las montañas hasta la costa. En Lappland se alza el Kebnekaise, la cumbre más alta de Suecia, mientras que ríos como el Lule, el Ume, el Torne y el Ångermanälven se asocian hoy tanto a la energía hidroeléctrica como a los rápidos.
Su posición en el extremo norte lo tiñe todo. En verano el sol nunca se pone del todo sobre las zonas más septentrionales, y el sol de medianoche brilla durante toda la noche; en invierno llega la noche polar, y con ella la aurora, que pinta el cielo de verde y violeta. Es un paisaje de largas distancias, de una luz que cambia de forma espectacular y de una naturaleza que nunca queda lejos.
Norrland es también Sápmi, la tierra de los sami. Los sami son un pueblo indígena con su propia historia, sus propias lenguas y una cría de renos viva que aún moldea buena parte del interior. En lo alto de las montañas, el área de Laponia —un paisaje cultural sami vivo que envuelve los parques nacionales de Sarek y Padjelanta y que atraviesa el largo sendero de Kungsleden— está protegida como Patrimonio de la Humanidad. En la costa, la Höga Kusten (Costa Alta) se extiende por Ångermanland y Medelpad, otro Patrimonio de la Humanidad, donde la tierra sigue emergiendo del mar tras la última glaciación, más deprisa que casi en ningún otro lugar de la Tierra.
Pese a su fama de tierra salvaje, Norrland rebosa vida y trabajo. Umeå es la ciudad más grande de la región y una joven ciudad universitaria que fue Capital Europea de la Cultura en 2014; Sundsvall, Gävle, Luleå y Östersund son centros regionales, y en Kiruna se extrae mineral de hierro en una de las mayores minas subterráneas del mundo, una explotación tan colosal que se está trasladando el centro entero de la ciudad para hacerle sitio. En Jukkasjärvi, el famoso Icehotel se reconstruye de nuevo cada invierno.
La cultura de Norrland es tan singular como su paisaje. En Hälsingland, un conjunto de granjas de madera profusamente decoradas —las Hälsingegårdar, pintadas por dentro con flores y fantasías— constituyen otro Patrimonio de la Humanidad, mientras que en Jämtland la ciudad de Östersund se asienta junto al Storsjön, el lago del que se dice que oculta su propio monstruo, y la cercana Åre se ha convertido en la estación de esquí más conocida de Suecia. Por Navidad, la ciudad de Gävle levanta una gigantesca cabra de paja que se ha hecho famosa sobre todo por la frecuencia con que acaba ardiendo.
La vida aquí siempre ha estado marcada por la madera y el agua. Los grandes ríos que antaño arrastraban los troncos flotando hasta la costa hoy mueven las turbinas que iluminan buena parte del país, y la industria forestal aún zumba en ciudades costeras como Sundsvall, reconstruida en piedra tras un gran incendio en 1888. El invierno convierte la región en un patio de recreo para el esquí, los trineos de perros y la contemplación de auroras, mientras que el breve y luminoso verano llena las turberas de moras árticas y regala una luz diurna casi interminable.
Norrland no tiene gobierno propio ni tampoco símbolos oficiales. Sin embargo, desde la década de 1990 una bandera de Norrland no oficial ha alcanzado cierto uso popular como expresión de identidad regional; carece por completo de estatus oficial, pero aparece en todo tipo de superficies, desde paredes de casas hasta pegatinas.